El título sugiere que todas nuestras acciones proyectan en los demás lo que somos y quienes somos, al igual que el espejo.
martes, 30 de julio de 2013
miércoles, 24 de julio de 2013
¿LE DICEN NO LAS ENCUESTAS A LAURA CHINCHILLA?
LE DICEN NO LAS ENCUESTAS A LAURA CHINCHILLA?
Luis Montoya Salas
Comunicólogo
Si alguna empresa encuestadora preguntara hoy: ¿Debe la presidenta Chinchilla mantenerse en el poder hasta el fin de su mandato, o renunciar de inmediato?, la probabilidad estadística apuntaría en mayores porcentajes hacia la segunda pregunta. La razón es sencilla: el rechazo subjetivo generalizado de la imagen presidencial femenina, construido, en gran medida, por influencia de las encuestas de opinión.
¿Con que fundamentación científica o conocimiento riguroso, juzgan los encuestados la labor de los gobernantes, al punto de sentenciarlos a un ostracismo político anticipado?
Este es el meollo del instrumento estadístico conocido como encuestas de opinión. Su intríngulis es matemática pura que, aplicada a la estadística le otorga una aureola de precisión, aunque no de certeza, de ahí el “margen de error”. Este se estira o encoge, de acuerdo con la amplitud de la muestra y del procedimiento empleado: si es telefónico, el margen de error es mayor. Si es casa por casa, el margen de error disminuye.
Pero el otro extremo de la percepción social que tiene a la Presidenta Chinchilla en los lugares más bajos de la opinión pública concierne a la divulgación de los resultados de las encuestas y su impacto sobre el imaginario colectivo. Y aquí se cumple en toda su crudeza el teorema de Thomas: “si asumes las cosas y actos como ciertos, resultarán ciertos en sus consecuencias”. A tal extremo, que los resultados basados en opiniones subjetivas, sin otro insumo que un estado de ánimo respecto de una situación personal, o alguna noticia subrayada con mayor intensidad que otra bastan para que la percepción de una realidad mediatizada sea digerida y asumida como verdad, gracias a la difusión masiva de las encuestas. De esta manera, los MDC sirven de eco de las opiniones de muestras estadísticas para millones de ciudadanos que no fueron consultados; y hacen de sus resultados, hechos reales consumados. Es innegable, que los medios informativos de nuestro país gozan de una significativa credibilidad. Así, la Presidenta Chinchilla resulta ser la peor calificada de todos los gobernantes, con un 72,5%. Pero el resultado de la sumatoria de percepciones es determinado por circunstancias que poca o ninguna relación tienen con la naturaleza y características del sistema presidencialista costarricense. Recordemos que nuestro régimen presidencialista es perverso. Concentra toda la responsabilidad y atención en la figura del candidato. Pero inmediatamente después de la elección lo ata de manos, le reduce las posibilidades de respirar y lo entrampa en la pesada y obsoleta maquinaria burocrática y leguleya para que no pueda cambiar nada del status quo. Y como si no fuera suficiente, lo expone a la vendetta pública para que lo despellejen. Y al igual que en el circo romano, el pueblo grita sangre para canalizar sus frustraciones y miserias.
Así, las respuestas de los encuestados son triplemente sesgadas: por la formulación escueta y rápida de la pregunta; porque la fuerza de la costumbre indica que toda pregunta debe responderse; y porque nadie se prepara con anticipación, para dar una respuesta bien sustentada.
¿Está la presidenta Chinchilla destinada a una muerte iconoclasta? ¿A ser olvidada o mal recordada por las opiniones ligeras y a boca de jarro de unos miles de costarricenses escogidos, eso sí, con criterios científicos de muestra estadística?
La respuesta es no. En febrero de 2010, esa mujer corajuda, dinámica, ligeramente tímida y de marcados rasgos indígenas estableció un hito al osar enfrentar el reino de los machos y ganarles el derecho a sentarse en la Silla presidencial. Y esto ocurría por primera vez en la más que centenaria democracia costarricense. Así dejaba su impronta en la historia patria. El escenario del triunfo transpiraba euforia, llantos de gozo incontenible se desbordaban por las calles de todo el país. La alfombra de los héroes triunfadores ahora se tendía para la Heroína sobre quien se posaban cientos de miles de miradas; unas de asombro, otras de envidia de la buena y las más de esperanza. Pues de sus labios carnosos y abundantes salía la promesa que el pueblo esperaba: firmeza, con la dureza del roble; autoridad en las enaguas de la mujer-madre; y honestidad avalada por su mirada penetrante, directa, firme y sin ambages.
Este pueblo que otrora la vitoreó no puede, ni debe olvidar a la primera mujer presidenta. Laura, la mujer, la madre, la profesional, la líder. Este pueblo sabe cuánto poder ejerce la mujer-madre en el devenir de la familia costarricense. Por su inteligencia, su capacidad de sacrificio, su sensibilidad, su sentido innato de protección, su intuición e instinto .que le permiten sobrevivir ahí donde el macho tiraría la toalla, a los primeros disparos.
¿Es posible estimular los sentimientos del imaginario colectivo para rescatar la imagen simbólica de Laura, la primera mujer Presidenta? Desde luego. Y para esto no necesita muletas machistas de ancianos poderosos. Debe ser Laura, la mujer alegre, organizada, comprometida con los actores sociales abandonados por otros gobiernos. Ella es su principal y mejor capital.
La responsabilidad de sus asesores es inmensa: salvaguardar para la historia el símbolo icónico de las mujeres políticas costarricenses cuyo peregrinar les permitió, en 1953, expresar por primera vez su voluntad en las urnas. Y 63 años más tarde, darle rostro femenino a este derecho. analogonluis@yahoo.es
sábado, 20 de julio de 2013
LOS TICOS O EL SÍMIL DE LA OSTRA DEVORADORA
Dr. Luis Montoya Salas
“Los ticos somos como una perla preciosa en el fondo de una ostra; pero…..”
“A cualquier lugar del mundo al que vayas, encontrarás un tico”.
Esta frase la escuché, por primera vez, a principios de los años 80, en boca de algunos ticos que visitaban el apartamento que, en París, compartía con mi ex esposa y nuestra hija, de apenas 2 años. Contaban, entre otras historias, el caso de un tico que oficiaba de faquir, encantador de serpientes, en las calles de Bagdad.
Quienes viajaban a menudo comentaban, que los ticos eran fáciles de identificar en los aviones de LACSA (la aerolínea más utilizada gracias a su bandera nacional). Esta empresa obsequiaba licores en sus vuelos; y los ticos de pico flojo se emborrachaban y armaban una algarabía con sus “ticos, ticoooooooos” en coro, sin considerar la idiosincrasia de los otros pasajeros.
Hace 30 años era difícil atravesar “el charco” (el Océano Atlántico) para realizar estudios especializados en alguna universidad europea. Yo tuve la dicha de ser el primer bachiller de la Escuela de Periodismo en dar el gran salto. Obtuve una beca por 4 años para especializarme en comunicación audiovisual.
Escogí París, porque en los cursos de francés que seguí en la Alianza Francesa proyectaban unos filmes en blanco y negro con un dominante color sepia cuyos efectos de luz le imprimían al ambiente un aire de misteriosa nostalgia. Sin duda, en alguna vida anterior había estado ahí, mirando las sombras grises del imponente Trocadéro, muy cerca de la Tour Eiffel. Y Le Panthéon me abría sus puertas para desfilar ante los féretros de las grandes personalidades de la literatura, la ciencia, la política francesa.
Las notas agudas demolían mis neuronas envolviéndome en una profunda e inexplicable emoción.
A medida que el narrador francés describía las imágenes, las luces de un blanco intenso irradiando de los faroles a lo largo de las anchas avenidas le imprimían vida a los vehículos modelo 50, 60 que dejaban sutiles estelas, perdiéndose en la neblina de la noche. Y las sombras de los árboles adquirían formas de soldados, guardianes de la Ciudad de la Luz” . Los edificios, silueteados en negro adquirían una dignidad, una majestuosidad pero al mismo tiempo un misterio que estimulaba a buscar en sus adentros recónditos secretos. Y al tiempo que los bateaux mouches , esos barcos turísticos con techo transparente transportaban incansables por el río Sena a los turistas recién venidos, la música, con sus predominantes notas agudas demolía mis neuronas envolviéndome en una profunda e inexplicable emoción.
Nos dejó en un hotelito cerca del Parc Montsourí en el barrio 12 de París
Por aquellos años, la UCR desconocía la existencia de universidades francesas que enseñaran comunicación, periodismo en televisión, o comunicación audiovisual. La Embajada de Francia, tampoco tenía información. Nunca antes, nadie había intentado optar por una beca en el extranjero. Y no era porque no las hubiera. Sencillamente, no había oferentes.
El Agregado cultural de Francia M. Moirin, un señor ya entrado en años, excombatiente de la I Guerra Mundial, de voz gangosa por su adicción a la pipa, de ojos enrojecidos y vidriosos y cabello canoso enseñaba literatura francesa en la Escuela de Lenguas Modernas. Mr. Moirin me recomendó llamar a un becado de la Facultad de Economía de la UCR. Después de varios días de intentarlo al fin lo logré. En 1976, sólo existía el teléfono y las llamadas al extranjero eran costosas. Porque el correo tardaba varios meses en su viaje de ida y vuelta. La conversación fue breve y sólo se comprometió a esperarnos en el Aeropuerto Charles De Gaulle. No tenía ni tiempo ni interés en averiguar nada sobre universidades que enseñaran periodismo.
En tales condiciones, sin saber en cuál universidad matricularme abordé el avión con mi familia, en agosto de 1976. Ya en el aeropuerto, el profesor de economía nos llevó a un pequeño hotel cerca del Parc Montsourí en el barrio 12 de París. Al día siguiente nos invitó a su apartamento para tomar el café. Después de ese acontecimiento, sólo nos dejó un trauma que nos acompañaría durante los primeros meses: “Aquí, la gente es muy delicada con la bulla en la noche. Procuren que su hija no llore porque los pueden echar del hotel”.
Sin ayuda de nadie y perdiéndome tan a menudo como la complejidad del Metro parisino lo exigía aprendí a desplazarme por sus túneles. También en solitario, debí recorrer universidades en busca de la carrera para la cual había sido becado. Sólo también, debí sobrevivir con mi ex esposa e hija. La ruta fue larga, estresante y difícil, al estilo empirista de ensayo y error.
Años más tarde volví a ver al primer tico que me recibió en París. Enseñaba Principios de economía y lo conocían como “el mamador”, pues todos los alumnos le tenían miedo. Se comentaba que desde la primera lección señalaba con el dedo quiénes pasarían, unos 10 de 75. Amargado, tacaño, empresario hotelero, invivible.
El voto estudiantil y el de algunos profesores intentaron expulsarme de la dirección de la ECCC.
Acepté la beca porque era una oportunidad única. Competí con un colega con mejores credenciales universitarias que las mías. Aquel era licenciado. Yo, apenas bachiller. Sin embargo, mi contrincante no gozaba de la simpatía del director. Yo, por mi cuenta había iniciado gestiones ante la Embajada de Francia para obtener un complemento de beca. Con esta carta negocié la beca ante la UCR.
Viajé, convencido de la sólida formación académica recibida en la Escuela de Periodismo. Sin embargo, muy lejos estaba de llenar el perfil de exigencia de la Universidad de Nanterre (París X) y del Instituto Francés de Prensa, adscrito a la Universidad de La Sorbona. La aureola de fama que acompañaba a la UCR era una farsa. Al menos, en el área de la comunicación. Por estas razones no pude concluir el doctorado en los 4 años previstos. Apenas logré una maestría y un D.E.A. (Diploma de estudios profundos) que me daba derecho a un posterior doctorado. Pero para algunos colegas de la ECCC que recibieron la hospitalidad de mi hogar en París esos títulos eran insuficientes. Esos mismos colegas endosarían, más tarde, un voto de censura gestado por los estudiantes siendo yo, en 1992, director de la ECCC.
El voto estudiantil y de algunos profesores pretendía expulsarme de la dirección, por haber permitido el ingreso de 29 estudiantes que no alcanzaron por algunas milésimas, el promedio exigido de 90. Yo estaba convencido que las materias escogidas por la Asamblea de escuela para establecer el promedio ponderado de ingreso no estaban a la altura del nivel de exigencia de otras carreras con cupo restringido. Introducción a la sociología, Introducción a la computación, por ejemplo, no podían compararse con los requisitos exigidos por la Escuela de Cómputo, de Medicina, las Ingenierías, por citar algunas. De manera que calificar a la ECCC de una de las mejores por los promedios ponderados exigidos era un espejismo. Por otra parte, las políticas de la UCR, de los años 90 con Luis Garita como rector apuntaban a abrir las aulas universitarias a un mayor número de estudiantes. Si bien se trataba de asuntos de política nacional, favorecía a los estudiantes con altos promedios. Pero el egoísmo de la dirigencia estudiantil, compartido por profesores de la ECCC que se creían el sumun de la inteligencia pretendió prevalecer sobre las expectativas de 29 estudiantes. Al final, con el apoyo de la Rectoría los 29 ingresaron y la ECCC recibió, a cambio, más tiempos completos, mejor equipamiento radiofónico y televisual para los cursos prácticos.
Entre tanto, yo debí regresar a París en 1982-83. Esta vez viajé sólo y mi estadía tomó un año, hasta obtener, ahora sí, el doctorado en ciencias de la expresión y la comunicación. La UCR me dio permiso con goce de salario y yo obtuve una beca de la OCDE, gracias a la ayuda del director de la ECCC de entonces, Mario Cordero.
Más de uno lloró la ausencia de Mamá.
En París, conocí el grado de dependencia que los ticos tienen de la Madre Patria, del hogar, del agua dulce, del gallo pinto, de la olla de carne. Es una dependencia umbilical mayúscula de la madre biológica. Hasta los ticos emperifollados y con apellidos de alcurnia que desfilaron por nuestro apartamento situado en las afueras de París, una “banlieu” de obreros subvencionada por el Estado sentían la nostalgia de la Madre Patria (es decir, de Mamá) y se refugiaban en nuestro hogar (calor alrededor del fuego en el que se calientan los alimentos). Más de uno lloró la ausencia de Mamá. Un sociólogo, de alto renombre en Costa Rica nos dejó como recuerdo, además de sus nostálgicas lágrimas, sendas vomitadas por la combinación de tamal de chancho, guaro Cacique y vino pinaut.
Los ticos nos visitaban en Navidad y el Día de la Madre. Aprovechábamos el envío de café, arroz, frijoles, masa para tortillas, tapa de dulce y algún litro de Cacique que mis suegros (de entonces) nos enviaban por medio de algún tico que viajaba a París. Para entonces, la vigilancia fitosanitaria en los aeropuertos era laxa, pues no existían las epidemias de fiebres con nombres variados, ni atentados terroristas. Eran años de gran abundancia en Europa y EEUU, aunque en nuestro país, el dólar incrementó su valor en un 400% : de 8 colones por $1 pasó a 20 por $1 en 1992 y después fue aumentando hasta alcanzar los 500 colones por $1 de hoy.
Así desfilaron semióticos, connotados médicos, sociólogos, historiadores…
Nunca antes había salido de Tiquicia por más de 15 días. Tampoco tenía por costumbre recibir visitas en mi casa, pues al no haberme criado en un hogar convencional durante mi niñez y adolescencia tampoco tuve la experiencia de compartir y socializar. De manera que al estar en un país extraño, sólo con mi ex -esposa y una hija, dependiendo exclusivamente de mi beca universitaria, las visitas de paisanos significaban un momento especial para compartir vivencias de la lejana Tiquicia. Y de verdad que nos esmerábamos por ofrecer a nuestros anfitriones las mejores atenciones.
Así desfilaron semióticos, médicos connotados, historiadores, sociólogos de apellidos reconocidos en el mundillo intelectual, abogados, lingüistas, etc.
Recuerdo el caso de un médico de honorable familia que nos visitaba a menudo a la hora de la cena porque su esposa no sabía cocinar (en Tiquicia tenía empleada pero no pudo llevarla porque el monto de la beca aumentaba significativamente y luego debía pagar la diferencia) Después supe que prefería ahorrar en comida para comprarse un vehículo nuevo que podía luego importar sin impuestos, para pasear por toda Europa, como en efecto lo hizo con su esposa e hijos y para regresar a Tiquicia en el período de vacaciones de invierno.
Médicos, historiadores, semióticos, abogados regresaron a Costa Rica con sendos títulos de doctores y ocuparon puestos de liderazgo en la UCR, en hospitales y montaron sus consultorios privados dejando atrás, en el olvido, los momentos de nostalgia y abrigo que encontraron en nuestro apartamento.
Ya en Costa Rica, adoptaron sus verdaderos roles. Con grandes dificultades, un saludo y nada más. No recuerdo haber recibido de parte de alguno de ellos una visita en nuestra humilde casa. Menos aun, un consejo para insertarme de nuevo en la Universidad de Costa Rica. Y cuando por asuntos de salud debí consultar a alguno de los médicos amigos de París, el trato fue despectivo.
A decir verdad, mi mayúscula ingenuidad me sirvió de caparazón para defenderme de alguna que otra humillación o “chinita”. Y seguí remando solo, como había aprendido a hacerlo desde mi más temprana adolescencia.
Los ticos somos como la perla escondida en la ostra.
A partir de mi experiencia en París construí un concepto de la idiosincrasia tica utilizando la metáfora de la perla dentro de la ostra. Esta metáfora se la expliqué a un colega iraní recién venido de Alemania, contratado por el director de turno de la ECCC. Resulta que este profesor, ya entrado en años tenía asegurada su cátedra en una universidad alemana. Pero por alguna inexplicable razón, pues el profesor iraní no hablaba nada de español apareció un día dictando un curso de periodismo en la ECCC. Le ofrecieron La Seca y la Meca y el profesor iraní creyó tales ofrecimientos. Renunció a su cátedra en la universidad alemana y se trasladó a Costa Rica con su esposa costarricense. Pero en el momento de las decisiones, las condiciones de contratación propuestas no correspondieron con la promesa del director.
Yo me explico esta situación de la siguiente manera, le comenté al profesor iraní: “los ticos somos como la perla escondida en la ostra. Brilla, atrae, se muestra en todo su esplendor. Es apetecida y el extranjero queda cegado por su belleza. Pero luego, cuando la ostra se cierra, ese extranjero nunca entiende qué pasó con su vida, en sus relaciones sociales con los ticos”.
Algunas personas enfrentamos procesos de aprendizaje más largos, pesados, intensos, complejos y dolorosos que otros. Como sucede con una espada forjada en el yunque a punta de golpe y fuego. Cada acontecimiento vivido en el momento no es percibido en todas sus posteriores implicaciones. Son respuestas inmediatas de sobrevivencia en las cuales se invierte toda la energía para ocuparnos en preocuparnos, como un karma arrastrado por generaciones. No obstante, los residuos de tales vivencias se van acumulando en nuestro inconsciente y son los que nos permiten enfrentar experiencias idénticas posteriores. Pero sobre todo, constituye el bagaje de experiencia que trasmitiremos a nuestros hijos para evitarles procesos largos, intensos y dolorosos. Así, ellos se economizan el tiempo invertido por sus progenitores para adquirir experiencia y solo les resta disfrutar con plenitud a partir de los esfuerzos y sacrificios de sus padres. Esta es, para mí, la principal función del hogar integrado, estable, armonioso, el primer eslabón de la construcción social de un Estado saludable emocionalmente, que permita a todos sus habitantes disfrutar de la distribución equitativa de la riqueza, sin egoísmos, sin trampas, sin hipocresía.
En mi caso particular, creo que pude economizarme muchas de las experiencias aquí narradas, si hubiera contado con un hogar que me transmitiera las vivencias de mis mayores. Porque nada es más doloroso, con el transcurrir de los años que equivocarse sólo, si nadie con quien compartir, a priori, las decisiones de vida cotidiana que debemos tomar.
Ahí está, creo yo, el meollo de la estabilidad emocional y el disfrute pleno, con calidad de vida, de los integrantes de la sociedad. Es la inmensa ventaja que aporta la familia a sus hijos: la transmisión de experiencias, con sus avatares, acompañada de la seguridad de encontrar a alguien emocionalmente presente que estará ahí para responder con aplomo y amor a las dudas existenciales y a las decisiones banales (analogonluis@yahoo.es)
ESCLAVITUD EN COSTA RICA EN EL SIGLO XXI
ESCLAVOS DE LA PIEDRA.
(Historias de vida, circunstancias del tiempo)
Dr. Luis Montoya Salas
Comunicólogo
Jorge marcó el celular que Ana le dio. Dos días después se reunían con el propietario de la lechería La Piedra, en algún lugar del extenso Guanacaste. Hablaron de las condiciones laborales y salariales. La pareja trabajaría, inicialmente, de 4 a 8 de la mañana ordeñando vacas; y lo mismo debía hacer de 4 de la tarde a 8 de la noche. Por este trabajo ganarían 80 mil colones quincenales cada uno, a razón de 8 horas diarias. Durante las primeras semanas se entrenarían para asumir posteriormente la administración de una nueva lechería, con un mejor salario.
4:00 de la tarde. Ana terminó sus compras semanales en el centro de Upala, tal y como lo hacía cada sábado. Sólo le faltaba tomarse su cafecito con empanada de queso, para abordar el bus de San Gabriel, de regreso a casa.
De pronto, como si aquella hoja pegada en la pared de la soda le hiciera señas, esta mujer de 38 años se sintió atraída por el texto: “Se necesita pareja joven para trabajar en lechería. Interesados llamar al teléfono……”
Durante el recorrido de 30 minutos, Ana meditó: Esto no es coincidencia. Debe ser la respuesta de mi Dios a las promesas que le hice de dejar el cigarrillo, la cerveza y hasta el karaoke. Aquí está el trabajito que espero desde hace muchos años para vivir una comodidad humilde, junto a mis hijas.
Ana no esperó hasta llegar a la casa para contarle a Jorge, su compañero, acerca del aviso. Lo llamó de inmediato: - “Llame a este celular para averiguar detalles y luego conversamos…”
Jorge es oriundo de Pital, Trabajó desde los 12 años con su padre, un astuto negociante y contratista de maderas y tubérculos. Por esta circunstancia, sólo cursó hasta tercer año de primaria. Y mientras su padre perdía millones de colones, por culpa del alcohol, Jorge llevaba el sustento familiar trabajando en una piñera, desde los 16 años.
Ana tenía 9 años cuando su madre se la trajo como “mojada”, desde Nicaragua. Huían de la revuelta sandinista durante la década perdida en la Centro América de los 80. Toda la región, con excepción de Costa Rica, ardía en guerras civiles provocadas por dictaduras militares de derecha, con el apoyo económico y militar del ex presidente Ronald Reagan.
La travesía de Ana por la inhóspita montaña fronteriza demoró cerca de 200 días con sus horas, minutos y segundos, cada uno marcado por la sobrevivencia ante los ataques de la Contra, de los piricuacos; de las mordeduras de serpientes, las picaduras de mosquitos, pulgas y piojos, cuando no de los ataques de neumonía, pulmonía, asma, diarreas, pues dormían a la intemperie recibiendo en sus cuerpos las lluvias torrenciales e interminables de la zona norte; y comían lo que la montaña les diera: guineos, mangos, naranjas, yuca… Al “coyote” le pagaron con la venta de las joyas de su madre y hasta compraron una mula que no les duró más de dos semanas, pues debieron matarla, para no morir de hambre.
Con su status de refugiada, la madre de Ana pudo escoger entre Canadá, EEUU y Costa Rica para vivir. Pero prefirió quedarse cerquita de su Nicaragüita, pues albergaba la fe en un pronto regreso. La acogida que al principio Costa Rica brindó a los emigrantes cegó la intuición racional y calculadora de la madre de Ana respecto de las oportunidades que estos países ofrecían.
Así, una decisión inocentemente distorsionada por el entorno caótico de la guerra, originó la escalada de desventuras que llevarían a Ana, desde la casa de una reconocida periodista presentadora de noticias en la cual trabajaba como empleada doméstica, hasta la cárcel, acusada injustamente, del robo de las joyas de aquella.
Ana se fugó de la cárcel de menores, antes de cumplir su condena y trabajó en oficios domésticos; también, como vendedora de paquetes turísticos que resultaron ser una estafa y en restaurantes y bares. Hasta que un día se hartó del San José de noche y decidió refugiarse en el campo. Viajó a Pital para visitar a una prima.
Jorge y Ana se conocieron en el Bar Las 4 esquinas de PItal. Era una noche septembrina coronada por un torrencial aguacero. Ambos escampaban ahí y entablaron conversación. Así, Ana supo que a Jorge lo habían despedido de la piñera y sus padres tampoco lo querían en la casa.
Dos historias de vida se habían encontrado en circunstancias de tiempo trazadas quizás, muchos años antes, por el destino. Ahí acordaron que algún día viajarían a Upala a buscar nuevas oportunidades.
Ana, al igual que Jorge, sólo tenía estudios básicos de primara. Esta condición limitaba sus posibilidades de trabajo en otros lugares que no fueran las piñeras, los bares y las sodas. Y en esos tres campos trabajaron por temporada, hasta que aquella hoja blanca en la pared de una soda upaleña les abrió las puertas de la esperanza.
Jorge marcó el celular que Ana le dio. Dos días después se reunían con el propietario de la lechería La Piedra, en algún lugar del extenso Guanacaste. Hablaron de las condiciones laborales y salariales. La pareja trabajaría, inicialmente, de 4 a 8 de la mañana ordeñando vacas; y lo mismo debía hacer de 4 de la tarde a 8 de la noche. Por este trabajo ganarían 80 mil colones quincenales cada uno, a razón de 8 horas diarias. Durante las primeras semanas se entrenarían para asumir posteriormente la administración de una nueva lechería, con un mejor salario.
Esta conversación entusiasmó a Ana y Jorge. Regresaron a su casa ilusionados por iniciar, ahora sí, un proyecto de vida más firme y estable.
Semanas antes, Jorge había sido despedido y recontratado en una piñera. Esto causó envidias y rencillas de sus superiores inmediatos, expresadas en forma de acoso laboral. La situación llegó al extremo de la amenaza de un nuevo y tempranero despido. Lógico es pensar que Jorge alimentara la ilusión de sentar reales en otro lugar.
Ana nunca devengó salario fijo. Tampoco cotizó para el seguro. Tenía ahora, por primera vez, la oportunidad de hacer algo más útil y productivo de su vida. Jorge estaba desesperado por salir de aquel ambiente laboral negativo. Era necesario, como nunca antes, que el trabajo en la lechería se hiciera realidad.
Al fin, el dueño de la lechería aceptó emplearlos y les envió un camión para que transportaran sus enseres desde Upala, hasta su nuevo hogar.
Jorge renunció a la piñera, con el aire del conquistador de nuevos lares. Una semana después empacaron sus escasas pertenencias y partieron. Orgullosos y emocionados por la decisión tomada, se despidieron de amigos y parientes. Ahora Upala estaba muy lejos, en sus pensamientos y emociones.
Llegaron a la lechería a las 6 de la tarde, en domingo. Un corto recibimiento por parte de la esposa del propietario. Al día siguiente visitaron el lugar de trabajo, pero nadie les explicó qué y cómo debían hacer. Ana debió aprender preguntando a quien no era su jefe inmediato, pues desde el momento en que la vio, éste le dijo: “yo con usted no quiero nada”.
Hasta el martes empezó el ordeño. La pareja recién llegada no tenía prisa, pues sus planes eran quedarse ahí por muchos años. “Aquí tenemos empleados que llevan hasta 10 años, les comentó el patrón, asegurándoles que tendrían trabajo para rato. Al día siguiente, el patrón le asignó a Jorge, además del ordeño, la custodia de la bodega, la limpieza de la piscina, y trabajos misceláneos. Ana se quedó en la lechería. Ese día, el patrón cambió las reglas del juego. Ahora, Ana ordeñaría vacas; y además, debía atender a la esposa del dueño. Así debió cocinar y preparar la mesa para unos invitados que llegaron a la finca, en helicóptero. Se trataba de uno de los hombres más ricos del país, quien comentó de manera descuidada, haber perdido más de 100 millones de colones en un negocio.
Ese día, Ana solo descansó 2 horas de las 7 que debía esperar para el turno de las 4:00 -8:00 p.m. En un solo un día, la pareja recién llegada pasaba a trabajar 12 horas diarias. El mismo número de horas que trabajaron, hasta que llegó la nefasta y desastrosa mañana del sábado.
A gritos y con brincos desaforados por la ira, el patrón llamó a Jorge para despedirlo, porque “le caía mal su manera de ser”; y porque, “al no entregar a tiempo un material de construcción, los operarios pasaron de vagos y él perdió mucho dinero” No aceptó las explicaciones de Jorge, quien trató de contactarlo por teléfono durante toda la mañana, para comentarle que había perdido las llaves de la bodega; pero su celular estaba apagado. ¿Y por qué no lo buscó en la casa? Le preguntó Ana. Porque me tenían prohibido abandonar el trabajo, respondió Jorge. Pero el dueño de la lechería fue más allá: los amenazó con rebajarles del salario, el pago del alquiler del camión que les prestó para traerlos desde Upala y la reposición de las llaves perdidas.
Cuando Ana se enteró del despido de Jorge quedó atónita, paralizada, sin habla y casi sin aliento. No podía creerlo y menos entenderlo. Se puso pálida y su corazón latió con la fuerza del miedo. ¿Qué? atinó a gritar. ¡Imposible! Hace apenas unas horas, la patrona me comentó que nos entrenaban para administrar la nueva lechería…
Ana no pudo dormir esa noche y llamó, de nuevo a Dios: “Sabes cuánto he soportado, desde que mi madre me trajo a este país. ¿Debo seguir recibiendo garrote? Y a esta pregunta recibió una respuesta inesperada. Por primera vez en toda su vida, Ana recibía una noticia de tal magnitud e implicaciones con una actitud pausada y objetiva. En lugar de darle rienda suelta a su ira y emprenderla a gritos con los patrones, como tenía costumbre, repasó la situación y estudió las posibilidades de liberarse de la trampa que les tendían: Los despidió, pero al mismo tiempo, les ofreció una alternativa temporal: contratarlos por 15 días, mientras conseguían otro trabajo. Desocuparían la casa que habitaban cuando llegaron y se mudarían a otra más al fondo de la finca de 2,000 hectáreas de tierra. Y ahora se encargarían de labores agrícolas en el campo, con un salario inferior: 300 colones la hora. Comprendió que no podía seguir así, sometida a los vaivenes del estado de ánimo de otra persona igual a ella, sólo que con poder económico. Y con la fortaleza que todas las humillaciones recibidas durante su vida le transmitieron y que Ana no había demostrado le dijo al patrón: “Ustedes me cambiaron las reglas del juego. Así no se vale. Y hoy mismo nos vamos”.
Al instante, el rostro del patrón se tiñó de un rojo intenso y las venas de ambos lados del cuello se le embotaron de sangre. Por segunda vez daba brinquitos de ira y se llevaba las manos a la cabeza para jalarse las pocas mechas que tenía.
Ana madrugó, pero no para ordeñar vacas. Aunque sus días laborales también contemplaban 3 domingos al mes y un domingo libre. En cambio, debió preparar su regreso a Upala a la cual apenas una semana antes había renunciado. El patrón llegó temprano para amenazarlos: “Desalojan con todos sus chunches antes de las 2 de la tarde, o los saco yo con la policía. Y juéguensela para llevarse sus cosas, porque no les pagaré ni un centavo”.
Jorge y Ana no tenían ni un centavo en la bolsa. Sólo contaban con la fe en Dios. Caminaron una hora hasta el centro de población y ahí contrataron un camión que les cobró 75,000 colones. Con amigos upaleños consiguieron, de palabra, el dinero, para el retorno.
La pareja recién llegada fue obligada por el capricho del patrón a esperar hasta las 5 de la tarde. Pero como no quería pagarles Jorge lo buscó y lo emplazó. Sólo les dio 50 mil colones: 25 mil colones a cada uno por el trabajo de 4 días de 10 horas diarias. Es decir, el promedio de 40 horas de trabajo por cada uno, para un total de 8 días de 20 horas diarias; o lo que es lo mismo, 80 horas de trabajo por los dos, a razón de 250 colones la hora por cada uno. Estos no habían sido los términos acordados en la primera y única cita que tuvieron con el dueño de la lechería La Piedra. Por eso, de continuar ahí, entre más horas trabajaran menos ganarían, proporcionalmente. Y como a los 50 mil colones debieron agregarle 25 mil colones prestados, no solo no ganaron nada sino que dejaron de percibir más de 30 mil colones, más 16 horas de trabajo entre los dos, que le “donaron” a su ex patrón. ¿Podrían cobrar legalmente esas horas y esa suma en los tribunales de Trabajo? Algunas personas que anteriormente trabajaron para ese patrón les aconsejaron no perder el tiempo, pues su apellido era uno de los más influyentes de la región.
Flor y Jorge regresaron a Upala, con sus ilusiones destrozadas. Ni en los peores trabajos que desempeñaron duraron tan pocos días. Jamás imaginaron que el costo en energías y desgaste emocional de dejar todo en Upala se esfumaría en sólo 4 días. Aquel adagio popular según el cual los tratos se sellan con el pelo de un bigote quedó enterrado por el polvo pertinaz que inundaba toda la casa y toda la zona, con sus fuertes vendavales. Jorge y Ana recurrieron a amigos para que les averiguaran si todo cuanto acontecía era legal, o si podían entablar juicio. Pero por tratarse de 4 días de trabajo, sólo tenían derecho al seguro y al salario y ninguna otra indemnización por el viaje, ni por la ruptura intempestiva del contrato verbal. Tampoco el patrón tenía la obligación de resarcirles nada por concepto de daño material y moral.
Ana y Jorge no eran los primeros (ni serían los últimos y únicos) que caían en la trampa perversa urdida por este señor, portador de uno de los apellidos más aristocráticos del país y dueño de una inmensa fortuna, según les contaron en el centro de población. Primero los endulzaba con la promesa de prepararlos para administrar la nueva lechería. Se aseguraba que no tuvieran recursos, ni medios ni posibilidades de retornar a su lugar de origen. Y después, los despedía, al tiempo que les ofrecía otra oportunidad, en el campo, con un salario inferior y con más horas de trabajo y un solo domingo libre, al mes.
Ana y Jorge habían recorrido mucho camino como para aceptar esa nueva oferta de hambre y esclavitud. Y a diferencia de los otros 8 trabajadores que ahí quedaron, la mayoría de ellos indocumentados, Ana y Jorge prefirieron enfrentar la burla, la humillación, el robo, el engaño, el desprecio, el mal trato y groserías de parte de un señor aparentemente honorable y de palabra con todo y el daño colateral de los efectos de esta violenta y negativa experiencia sobre su estima, que continuar ahí, con la incertidumbre pendiente sobre sus ilusiones. Pues si a escasos 4 días de trabajo los despedía, ¿qué no podría hacer más adelante?
Así, Ana y Jorge dejaron atrás la experiencia más dura, intensa y breve de sus vidas.
En cuanto al dueño de esta lechería, aunque nada le falta, se consume en una inexplicable amargura que lo hace irascible e irracional, como si el amor por la vida lo hubiera abandonado, hace muchos años (analogonluis@yahoo.es)
lunes, 17 de junio de 2013
Por qué los anuncios se colocan en el margen derecho de las publicaciones?
La teoría sostiene que leemos de izquierda a derecha. Y al recorrer el espacio impreso (sea libro, periódico, monitor de TV o de computadora) nuestros ojos se detienen por micromilésimas de segundo en ese borde al cual le sigue un vacío imaginario, para retornar al punto de origen, en el margen izquierdo y así por cada línea leída, o imagen visualizada. El margen derecho y superior constituye el espacio más buscado y mejor pagado. No es solamente asunto de diseño por razones estéticas, pues los publicistas imponen a los diseñadores las reglas de la función utilitaria de la compra, luego de la técnica del gancho de la venta. Aclaro que este comentario lo hago, porque aunque no me interese el margen derecho, la vista es "jalada" a ese extremo y por tal razón, aunque no quiera, termino anclado, aunque sea por microsegundos en ese segmento. El izquierdo, por el contrario, sí me exige un mayor esfuerzo de concentración.
domingo, 26 de mayo de 2013
La pobreza sí que duele.
Upala ofrece al estadístico altos índices de miseria humana
Más de 120 bares se encuentran diseminados por la geografía upaleña, de 1.580 km² . En sus karaokes, algunas veces se escucha: “La distancia entre los dos es cada día más grande”. Es la primera estrofa de “La retirada”, bolero-ranchero del cantante mexicano Javier Solís (qdDg).
Upala dista 238 km de la capital. Es una tierra bendecida por abundantes lluvias que alimentan los caudales de más de 30 ríos, fertilizando tierras codiciadas por piñeros, ganaderos, yuqueros, frijoleros, madereros y sembradores de cítricos que desforestan sin miramientos ni misericordia sus tierras. Es el cantón 13 de la provincia de Alajuela y fue creado el 17 de marzo de 1970.
A las 4:00 a. m. sale el primer bus hacia San José y su recorrido tarda más de 4 horas. A esa hora, solo escucho el murmullo del río Chimurria y mi propio jadeo subiendo la cuesta que se vuelve más resbaladiza con las constantes lluvias, pues los 300 metros que me separan de la carretera nacional hacia San Carlos fueron destruidos meses atrás, para enterrar la tubería del acueducto.
Hace apenas 5 años, a la misma hora cantaban los gallos; y en los hogares se preparaba la comida de los trabajadores que se dirigían al campo. Hoy, la mano de obra escasea y gran parte de la gente debe buscar cualquier trabajito para sobrevivir.
Las diferencias (en el imaginario colectivo) ciudad- zona rural se han acrecentado, con la complicidad de los telenoticiarios, principalmente. Baste con oír los comentarios acerca del estado del tiempo: “Esperamos pronto los días soleados en el Valle Central para guardar los paraguas”. Todo pasa como si Costa Rica solo fuera el Valle Central. Ahí acontece todo. Y en las zonas rurales marginales, sólo las malas noticias.
Y cuando los periodistas miden huecos en las calles josefinas y denuncian alcantarillas taqueadas de basura, comparo esas minucias con el estado intransitable en que se encuentran los 45 km de la carretera nacional Upala-Caño Negro debidamente pavimentada, según la publicidad de algunas agencias turísticas.
En medio de la indiferencia generalizada que provoca la Upala, distante y olvidada, una voz reconoce las implicaciones de tal desinterés: “La coincidencia entre las bajas promociones en el bachillerato y la geografía más castigada por la pobreza es absoluta” (Editorial de La Nación del 20/10/2010).Y agrega: “Las desigualdades económicas entre el Valle Central y regiones como Limón, Aguirre y Upala son profundas y responden a razones incubadas a lo largo de nuestra historia. La persistencia de iniquidades educativas es una fórmula segura para perpetuarlas”.
En Náhuatl, Upala significa "casa grande cerca de río”, “casas alrededor de los ríos” y “sobre el río de hule”. (Wikipedia). Y en hindú se traduce por “piedra preciosa”.
Cuando me preguntan qué estoy haciendo en este rincón perdido en medio de la nada, miro en retrospectiva mis años de citadino, con comodidades y servicios a un dedo de distancia. Y casi sin percatarme, percibo apenas y aprendo, cuánto duele la pobreza: ¿cómo sobreviven, mis hermanos upaleños, con guineas, tubérculos y frijoles, cuando la lluvia no los pudre? Y en la mirada inocente y vacía de esperanzas de 19 niños de la escuela uni-docente Sector Barrantes, que llegan a estudiar con el barro hasta la pantorrilla, el dolor del ¿por qué? se agudiza cuando comparo su ignorancia y marginación con los brutales cambios mundiales que están sucediendo allende su comunidad, de 13 casitas.
Esta es Upala, en la otra frontera. Un rincón paradisíaco, que pierde su belleza escénica por la rapiña de la desforestación; y el candor, por la delincuencia exportada de la capital, gracias a políticas que trasladan la miseria urbano-marginal josefina hacia zonas rurales, como esta “preciosa joya”.
martes, 7 de mayo de 2013
LIBERTAD DE EXPRESIÓN: REALIDAD MUTILADA
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Campus Digital Mayo 2013
Libertad de expresión: la humanidad mutilada
Este deseo universal pareciera tautológico. El potencial humano para la expresión nace con el verbo y sus habilidades, destrezas, actitudes y aptitudes. Consecuentemente, debería ser un hecho fáctico, per se. Como es el acto que realizamos espontáneamente llamado comunicación: nadie puede impedirla. Puede el Poder reducirla, cercenarla, condicionarla, pero nunca acallarla. Salvo con la muerte.
Lo que sí no ha sido tan obvio es reivindicar otro derecho, que lo antecede: el libre albedrío. Y constituye un derecho porque solo podemos expresarnos en libertad, cuando somos plenamente conscientes de nuestro libre albedrío. Debemos saber qué es y cómo se ejerce. Para que esta condición sea percibida y evidenciada debemos contar con la información pertinente y oportuna. No obstante, esta información clasificada y codificada con la cual se toman las grandes decisiones económicas y políticas en el ámbito planetario circula, solamente, en los exclusivos centros del poder mundial. Para camuflarla e impedir la consciencia de su existencia, las empresas difusoras de noticias buscan ocuparnos en preocuparnos por consumir lo accesorio maquillado de concreción y enchufado al gran mercado de la evasión-distracción-entretenimiento. Estos tres componentes dominan el universo informativo de los medios, en sí mismos y alimentados por las noticias del espectáculo.
Ahora bien, desde los tempranos intercambios de mercancías en la ideología occidental, el capital reivindicó para sí el principio de la libre empresa y le impuso el sello de la libre expresión. Esto da como resultado, residuos de información que, en forma de noticias, alimentan la construcción de nuestra realidad. Y es a partir de ella que ejecutamos nuestra libertad de expresarnos y nos introduce, sin saberlo, en un círculo vicioso que de tanto rodar deviene en un círculo virtuoso. En breve, en el concepto occidental, la libre expresión solo existe en función de la libertad de empresa para imponer a voluntad su derecho a la información.
Ejercemos, entonces, una libre expresión distorsionada y circunscrita al ámbito restringido de lo socialmente posible: lo doméstico, dialógico, cercano, concreto, útil para fortalecer las relaciones sociales interpersonales de los núcleos primarios (el hogar, el centro educativo, el club o iglesia de pertenencia). De todos modos, este hábitat ya existía muchos siglos antes de insertarnos en él. Otros lo crearon para nosotros, tal y como Platón lo expuso con una claridad y actualidad excepcionales en el conocido “Mito de la caverna”. Creemos lo que queremos en el reducido universo de la cotidianidad. Y aunque nos develen y revelen nuestro reduccionismo, nuestra ignorancia nos impide, precisamente, comprender las complejas estructuras del poder, aun las referidas al poder local y doméstico. Con mucha mayor razón, aquellas que requieren un alto nivel de abstracción; y con ello, un lenguaje más elaborado, a la altura de los códigos especializados que le sirven de substrato. En estos altos niveles se toman las decisiones mundiales. Ellos sí, con pleno ejercicio del derecho a la libre expresión, pues cuentan con todos los elementos y componentes que la propician y definen.
He procurado subrayar que el anhelo por erigir la libre expresión como un derecho universal ha partido de un principio de equidad cognoscitiva, también universal. Y esto no es siempre y necesariamente cierto. Porque el planteamiento teórico de la libre expresión para un citadino, no tiene el mismo valor semántico que para un campesino upaleño. Sus circunstancias de vida son en extremo opuestas y diferentes, al igual que sus valores, necesidades, entorno y expectativas. Se explica entonces que este discurso solo sensibiliza a quienes pueden obtener beneficio de ello. Esto sin considerar otras circunstancias como la solución prioritaria a necesidades vitales antes de poder siquiera imaginar el beneficio que puedan obtener de este principio universal.
He priorizado esta orientación doméstica, pues ante la desvalorización ética de conceptos como el aquí planteado podría suceder, quizás, lo siguiente: aún y con el sorprendente desarrollo tecnológico universal, millones de seres humanos se encuentran en niveles mínimos de sobrevivencia. Desconocen todo sobre la tecnología y no creen necesitarla. No se trata de un desprecio por el modernismo, es un registro que no ingresa en sus mentalidades. Sin embargo, los integrantes de tales estratos más bajos de las sociedades podrían resultar favorecidos luego de la gigantesca implosión que sufrirá la Tierra por exceso de información y ausencia de energía para procesarla. Y esto se debe a la escasa pérdida de energía e información entre los marginados, pues ambas se expresan en función de necesidades primarias; en tanto que, a nivel planetario, la excesiva y extraordinaria abundancia de información circulante por los medios y recursos tecnológicos al servicio del Poder está contaminando la pureza y espontaneidad de la comunicación.
Al final de los tiempos, podría suceder que el futuro del planeta Tierra quede en manos de los desheredados, últimos en la escala evolutiva de las tecnologías de la información y la comunicación, tal y como testimonia la historia de las revoluciones.
(*) Doctor en ciencias de la expresión y la comunicación, Universidad de París XIII, Villetaneuse. Exdirector de la Escuela de Comunicación Colectiva, UCR y exmiembro del Consejo Universitario de la Universidad Nacional.
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